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Yo también sufro 


Autor: Dr. Luis O. Tamez


"El dolor solo duele, es el sufrimiento lo que perdura."


Daniel Ariely, profesor de economía de la conducta, del Instituto Tecnológico de Massachussets, en su libro “Las trampas del deseo”, explica que es lo que influye en nuestras decisiones cotidianas. Por qué una aspirina de 50 centavos, nos quita más rápido el dolor de cabeza que una aspirina de cinco centavos. Por qué preferimos el café de Starbucks, por qué tatuarse la piel, paso de ser una costumbre de marineros y presidiarios a moda juvenil, o el por qué nos sentimos atraídos por una persona, pero otra nos puede ser totalmente indiferente.

En el libro relata, que siendo un joven soldado israelí, sufrió un terrible accidente, la explosión de una bengala de magnesio, le quemó el setenta por ciento de su cuerpo dejándolo con quemaduras de tercer grado. Esto lo obligó a pasar los siguientes tres años en un hospital, siempre cubierto de vendajes, sometido a varias curaciones al día, lo que obviamente le provocaba un gran dolor.

“En los tres años que pase en el hospital, después de mi accidente tuve una amplia experiencia con distintas clases de dolor, y un montón de tiempo entre tratamientos y operaciones para reflexionar sobre él. Durante aquellos largos años, mi agonía cotidiana se produjo en el baño, un proceso diario en el que empapaban con una solución desinfectante todas las vendas, para quitarlas, y eliminar la piel muerta”.

Nos comenta que cuando la piel está intacta, la solución provoca solo un discreto ardor y las vendas se despegan con facilidad, sin embargo cuando la piel está en recuperación, la solución desinfectante provoca un gran dolor, además las gasas se pegan a la “carne” y despegarlas incrementa el dolor en un grado difícil de describir. Hace referencia a que las enfermeras de la sección de quemados, solían empapar las gasas, tomar la venda con las pinzas y jalar lo más rápidamente posible, esto provocaba un dolor muy intenso, pero de corta duración. Una vez quitadas todas las vendas, recubrían con pomada el área quemada y volvían a colocar las vendas, para retirarlas en la siguiente sesión de curación.

Daniel comenta que la lógica de las enfermeras era que: tirar con fuerza de las vendas provoca un dolor muy intenso, pero de corta duración, y que esto, para los pacientes era mejor que tirar lentamente de las gasas, lo que provocaría un dolor menos intenso, pero más duradero. De la misma manera observo, que la regla no escrita era iniciar por el área más dolorosa y terminar en las que provocaban menos dolor. Esta práctica, nunca había sido científicamente demostrada, sin embargo era transmitida de maestras a alumnas.

Él no compartía estas teorías, como “víctima” de las curaciones diarias, afirmaba que el personal de enfermería no tomaba en consideración aspectos tan importantes como: el temor del paciente ante la expectativa de la curación o la incertidumbre de no saber cuándo sentirá un dolor más intenso. Sin embargo, dada la indefensión en la que el paciente se encuentra, no tenía ninguna posibilidad de influir en el procedimiento de las curaciones.

Al salir del hospital, dedico buena parte de su tiempo a estudiar si era posible reducir la agonía del dolor provocado por la curación. Sus conclusiones fueron a su entender muy claras. Había demostrado que retirar las vendas un poco más despacio, aunque durara más tiempo, el procedimiento provocaría menos dolor. Al exponer su trabajo ante el personal del área de quemados, esperaba influir en el procedimiento de curación. Se sentía satisfecho de las aportaciones que su estudio podría brindar en las actividades cotidianas de las enfermeras.

Sin embargo se quedó perplejo cuando una de las enfermeras, que de hecho lo había atendido a él durante su convalecencia le dijo: creo que tu estudio es muy interesante y aleccionador, sin embargo considero que es incompleto. No considera el sufrimiento y dolor emocional que experimentan las enfermeras al momento de hacer las curaciones, escuchar los gritos, ver el sufrimiento y muchas veces recibir las ofensas del paciente, provoca angustia en el personal encargado de cuidar las heridas del enfermo. Saber que es por el bien del paciente, aminora los sentimientos negativos, pero no los elimina, por lo tanto quitar las vendas de un tirón, podría ser la forma como las enfermeras abreviaran su propio sufrimiento.

Es para reflexionar, como una persona que salvo la vida y es funcionalmente productivo gracias al cuidado de las enfermeras. Una persona que se dedica al análisis de la conducta y el comportamiento humano. Alguien que durante tres años se dedicó a observar el comportamiento del personal que lo atendía (su condición física no le permitía hacer nada más), no tuvo la capacidad de percibir el dolor en las personas que lo atendían, si para él, pasó totalmente desapercibido el dolor y sufrimiento que vivía el ser humano que lo asistía. ¿Qué puede esperarse de un paciente que no tiene esa preparación? Muchas veces se comete el error de pensar que el personal médico, en particular el de enfermería, que es el que tiene más contacto con el paciente y los familiares, es insensible al dolor. Se ve como profesional que la enfermera no se involucre con el dolor del paciente, pero esto es imposible. Es común que el personal de enfermería se “espejee” con el sufrimiento del enfermo, ve en la cama, convaleciente al hijo, a la abuela, a la mamá, ve el sufrimiento y las circunstancias y se identifica. Tal vez nunca la veas llorara frente al paciente (¡eso, no es profesional!), pero muchas veces lo hará tras bambalinas (eso es humano). Son las primeras que se organizan para conseguirle un medicamento al paciente, las que pedirán un platillo extra para el familiar que tiene tres días cuidando a su enfermo y no ha comido, las que se arriesgan e infringen el reglamento para permitir que el familiar pase a despedirse de su padre. Las que sufren igual que el enfermo cada curación, en cada inyección, en cada sonda que colocan, ver sufrir sin inmutarse, sin sentir empatía es imposible para alguien que se dedica a cuidar la salud. Sin la intención de devaluar el sufrimiento del paciente, Daniel Ariely, habla sobre los tres años que sufrió, que fue “víctima” de las curaciones, gracias a las cuales hoy disfruta de salud. Él, nunca ha vuelto a un hospital, no tiene para que hacerlo. Por otro lado, la enfermera que lo curaba a él, lo hacía además con cinco o diez pacientes cada día y lo hará durante los 30 años de vida profesional, siempre con paciencia, con tolerancia, soportando el sufrimiento del enfermo como si fuera el suyo, muchas veces incomprendida, porque se piensa que son insensibles al dolor ajeno.

Que profesión tan difícil, pero al mismo tiempo tan admirable, a lo largo de mi vida profesional, he conocido una gran cantidad de enfermeras y enfermeros, siempre he sentido un enorme respeto y admiración por su trabajo. Las he visto llorar por el dolor de sus pacientes, las he visto arriesgar su salud buscando el bienestar de un desconocido que se cruzó en su camino y ahora es su paciente.

Mi profesión me ha dado la oportunidad de convivir con personas tan especiales, han sido mis compañeras, maestras, amigas. Cualquier enfermera podría platicar el recuerdo de ese paciente especial, el que toco las fibras más íntimas de sus sentimientos, al que recuerdan con especial cariño, el que les refuerza la decisión de seguir en su trabajo.